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Estas fotos de platos generadas por IA que asquean a los internautas, explicadas por la ciencia
09 septiembre 2026 · Christian

Sam Biddle creyó toparse con un plato de gambas al ajillo mal cocinado. Al acercar la foto colgada en la puerta de una tienda de delicatessen de Nueva York que visitó en agosto, el periodista de tecnología de The Intercept reconoció más bien algo parecido a criaturas tentaculares salidas de un relato de H.P. Lovecraft. El plato no existía: la foto, como un número creciente de imágenes en los menús estadounidenses, había sido generada por inteligencia artificial.
El fenómeno tiene nombre en redes sociales: el «slop» alimentario, en referencia a la bazofia que se da a los cerdos. Desde hace meses, cuentas de TikTok recopilan estas fotos de hamburguesas con proporciones imposibles, sushi de colores fluorescentes o pasta con texturas difíciles de describir, usadas a menudo por restaurantes, food trucks y tiendas de comida que no tienen tiempo ni presupuesto para una sesión de fotos real. Según la National Restaurant Association, el 42 % de los restaurantes estadounidenses no obtuvo beneficios en 2025, y el 26 % de los profesionales del sector ya usa IA, la mayoría para su comunicación.
Queda una pregunta: ¿por qué estas imágenes en concreto revuelven tanto el estómago? Los investigadores señalan el «valle inquietante», ese malestar descrito ya en 1970 por el robotista japonés Masahiro Mori ante robots casi humanos, pero no del todo. Un estudio de 2025 dirigido por el psicólogo Alexander Diel mostró que las fotos de platos ligeramente imperfectas generadas por IA se perciben como más inquietantes y menos apetecibles que las imágenes claramente irreales o las fotografías perfectamente realistas, aunque las personas encuestadas les atribuyan las mismas cualidades nutricionales sobre el papel.
Dos hipótesis intentan explicar este rechazo: un viejo reflejo de desconfianza ante un alimento que podría estar en mal estado, o la neofobia alimentaria, esa cautela instintiva ante algo desconocido. En ambos casos, la lección para los restauradores tentados por el atajo es sencilla: en una carta, el ojo humano detecta lo que no encaja mucho más rápido que el plato del día.